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¿Cuándo necesita ayuda una persona mayor para seguir viviendo sola con seguridad?

qué señales indican que una persona mayor necesita ayuda para vivir sola con seguridad
La autonomía en la vejez depende más de la capacidad para desenvolverse con seguridad que de la edad.

La edad, por sí misma, no indica que una persona mayor necesite ayuda para seguir viviendo sola. Hay personas de más de 80 años que mantienen sus rutinas, hacen la compra, cocinan, salen de casa y gestionan sus asuntos con bastante autonomía y normalidad. Lo verdaderamente importante es observar si conserva capacidad para desenvolverse con seguridad y cubrir sus necesidades cotidianas. Por eso, cuando una familia se pregunta qué señales indican que una persona mayor necesita ayuda para vivir sola con seguridad, conviene fijarse en cambios funcionales concretos y, sobre todo, en si esos cambios se repiten o van aumentando.

A veces la preocupación aparece de golpe: una caída, una factura que lleva semanas sin pagar o una cocina que empieza a dar algún susto. Otras veces llega poco a poco. Antes de pensar que la única salida es buscar una Residencia de ancianos en Barcelona, merece la pena valorar qué está ocurriendo, qué capacidades mantiene la persona y qué apoyos podrían permitirle continuar en su domicilio con seguridad.

En este artículo veremos cómo distinguir la edad de la pérdida de autonomía, qué cambios cotidianos merece la pena vigilar y cuándo conviene pedir una valoración profesional. También repasaremos opciones intermedias, como adaptar la vivienda, reforzar el apoyo familiar, utilizar teleasistencia, recurrir a ayuda domiciliaria o valorar un centro de día.

Vivir solo con seguridad no depende únicamente de la edad

Cumplir una determinada edad no permite saber si una persona necesita cuidados. Para valorar si puede seguir viviendo sola importan su autonomía, movilidad, orientación, capacidad funcional y posibilidad de pedir ayuda. Dos personas con la misma edad pueden desenvolverse de maneras muy distintas y necesitar niveles de apoyo completamente diferentes.

Cuando hablamos de autonomía en una persona mayor, nos referimos a su capacidad real para manejar su vida cotidiana. No hace falta que todo lo haga sin ayuda. Una persona puede necesitar que alguien le acompañe a una revisión médica o le eche una mano con una compra pesada y, al mismo tiempo, seguir siendo plenamente capaz de organizar su día y permanecer sola en casa durante muchas horas.

Desde el punto de vista sanitario, resulta mucho más útil observar la capacidad funcional que mirar únicamente la fecha de nacimiento. El Ministerio de Sanidad sitúa el mantenimiento de esa capacidad y la detección precoz de la fragilidad y del riesgo de caídas entre los elementos relevantes para prevenir discapacidad y dependencia en las personas mayores (Ministerio de Sanidad, 2026).

La capacidad funcional se puede entender de una manera bastante sencilla: es lo que una persona consigue hacer en su vida real. Incluye actividades básicas, como comer, asearse, vestirse, levantarse o desplazarse, y tareas algo más complejas, como hacer la compra, cocinar, organizar la medicación, llevar las cuentas o mantener la vivienda.

señales que conviene vigilar infogafía
Los cambios repetidos en las rutinas cotidianas pueden ayudar a detectar cuándo una persona mayor empieza a necesitar apoyo.

Lo importante es comparar con cómo estaba antes

Imagina que tu padre siempre ha sido un hombre poco ordenado. Encontrar varias revistas encima de la mesa probablemente no te diga demasiado. En cambio, si durante toda su vida ha cuidado mucho la casa y de pronto encuentras comida estropeada, montones de correspondencia sin abrir y varias tareas básicas sin hacer, ese cambio sí merece atención.

La referencia más útil suele ser su funcionamiento habitual.

Conviene preguntarse:

  • ¿Hace seis meses podía hacer cosas que ahora le cuestan?
  • ¿Ha dejado de realizar alguna actividad cotidiana que antes resolvía sin problemas?
  • ¿Necesita cada vez más ayuda para tareas sencillas?
  • ¿Los cambios aparecen de vez en cuando o se están convirtiendo en una pauta?
  • ¿Alguno de esos problemas podría ponerle en peligro si estuviera solo?

Necesitar ayuda puntual tampoco equivale a necesitar supervisión continua. Entre una persona completamente independiente y otra que requiere cuidados frecuentes existe una gama muy amplia de situaciones.

Autonomía cotidiana · señales para observar

Semáforo orientativo de autonomía y seguridad cotidiana

Esta escala organiza señales observables en tres niveles para ayudar a distinguir entre una autonomía amplia, dificultades que conviene seguir y situaciones que merecen una revisión prioritaria de apoyos y seguridad.

Verde · autonomía amplia

Ámbar · conviene revisar

Rojo · revisión prioritaria

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Señales observables y lectura orientativa según el nivel.
Nivel Qué puedes observar Qué puede sugerir
Verde Mantiene rutinas, alimentación, higiene y movilidad, y puede pedir ayuda cuando la necesita. Conserva una autonomía amplia, aunque pueda agradecer apoyos puntuales.
Ámbar Aparecen dificultades repetidas, olvidos relevantes, aislamiento, problemas domésticos o inseguridad al desplazarse. Conviene revisar los apoyos actuales y seguir la evolución.
Rojo Se producen caídas repetidas, desorientación, accidentes domésticos o dificultades para cubrir necesidades básicas. Merece una valoración profesional y una revisión prioritaria de la seguridad.

Lectura orientativa: no conviene interpretar una señal aislada fuera de contexto. Lo relevante es observar si las dificultades se repiten, aumentan o empiezan a afectar a rutinas, movilidad, autocuidado o seguridad. La evolución en el tiempo ayuda a decidir si basta con apoyos puntuales o conviene revisar la situación.

Este semáforo es orientativo y no sustituye una valoración profesional de la autonomía, la salud o la seguridad de una persona.

Este semáforo es orientativo. No permite diagnosticar dependencia ni decidir por sí mismo dónde debería vivir una persona.

Cuando las necesidades empiezan a cambiar, las familias pueden valorar recursos muy distintos: adaptaciones del hogar, teleasistencia, ayuda profesional, centros de día y, cuando la situación lo requiere, cuidados residenciales. Instituciones como Residencias Santa Rita forman parte de ese abanico asistencial cuando se estudian opciones de apoyo más continuado.

También encontrarás clasificaciones divulgativas que intentan explicar cómo cambian las necesidades a medida que avanza el envejecimiento. Leer sobre Las 4 etapas de la vejez puede aportar contexto, siempre que tengas presente una idea fundamental: ninguna clasificación por edades determina por sí misma cuánto apoyo necesita una persona concreta.

Señales de que una persona mayor puede empezar a necesitar ayuda para vivir sola

No existe una señal aislada que permita concluir que una persona mayor ya no puede vivir sola. Conviene prestar atención a cambios persistentes o a varios problemas que aparecen al mismo tiempo y afectan a la alimentación, movilidad, autocuidado, medicación, orientación, seguridad doméstica, gestión cotidiana o capacidad para pedir ayuda.

Si intentas averiguar qué señales indican que una persona mayor necesita ayuda para vivir sola con seguridad, piensa menos en un examen que se aprueba o se suspende y más en un conjunto de pistas. La frecuencia, la intensidad y las consecuencias prácticas pesan mucho más que un episodio aislado.

Estas son las áreas que merece la pena revisar con calma.

Tiene dificultades para alimentarse o cocinar con seguridad

Saltarse una comida un día porque no apetece cocinar no suele decir gran cosa. La preocupación aumenta cuando empiezas a encontrar una pauta: comidas que se omiten repetidamente, dificultad para hacer la compra, alimentos deteriorados en la nevera o una pérdida clara de habilidad para preparar platos sencillos que antes resolvía sin problemas.

También conviene fijarse en la seguridad de la cocina.

Por ejemplo:

  • deja recipientes al fuego y se olvida de ellos;
  • no recuerda si ha apagado un electrodoméstico;
  • encuentra dificultades nuevas para utilizar aparatos habituales;
  • deja alimentos fuera de la nevera durante demasiado tiempo;
  • depende de productos muy limitados porque cocinar se ha vuelto demasiado complicado.

Un cambio en el apetito, por sí solo, no permite concluir que exista dependencia. Puede haber muchas explicaciones. Lo relevante aquí es observar si comer adecuadamente se está convirtiendo en una tarea difícil de mantener sin apoyo.

Si ves que el problema se repite, puedes empezar por revisar qué parte falla. Quizá comprar resulte complicado porque le cuesta cargar peso, mientras que cocinar continúa siendo perfectamente posible. En ese caso, una ayuda concreta puede resolver bastante sin alterar el resto de su autonomía.

Empieza a descuidar la higiene, el vestido o la casa

Este punto requiere especial delicadeza porque cada persona tiene sus propios hábitos y criterios. No se trata de exigir que la casa esté impecable ni de juzgar cómo debe vestir alguien.

La pregunta útil es otra: ¿ha cambiado respecto a cómo era antes?

Puede llamar la atención que una persona que siempre se aseaba a diario empiece a hacerlo con mucha menos frecuencia. También merece atención que utilice ropa claramente inadecuada para la temperatura, que deje de cambiarse durante períodos largos o que encuentre dificultades para realizar tareas domésticas sencillas que hasta hace poco hacía con normalidad.

En la vivienda puedes observar:

  • acumulación inusual de basura o ropa;
  • platos que permanecen durante días sin lavar;
  • suciedad que antes no estaba presente;
  • pequeñas reparaciones importantes que quedan abandonadas;
  • zonas de paso cada vez más ocupadas o inseguras.

Conviene interpretar estos cambios con respeto. A veces detrás existe una dificultad física; otras veces la tarea se ha vuelto demasiado compleja o cansada. Lo importante es detectar qué necesita apoyo y cuánto interfiere esa dificultad con su bienestar.

Tiene problemas frecuentes con la medicación

Gestionar varios medicamentos puede ser complicado para cualquiera, especialmente cuando las pautas son diferentes a lo largo del día. Por eso merece la pena distinguir un olvido excepcional de una dificultad que se repite.

Algunas señales prácticas son:

  • no recordar con frecuencia si ya ha tomado una dosis;
  • confundir unos medicamentos con otros;
  • encontrar comprimidos acumulados que deberían haberse utilizado;
  • perder el control del horario habitual;
  • necesitar cada vez más ayuda para organizar una pauta que antes manejaba.

Si estos problemas aparecen de forma repetida, lo adecuado es comentarlos con un profesional sanitario. La familia no debería modificar dosis, suspender medicamentos ni reorganizar tratamientos por su cuenta.

Una revisión sanitaria puede ayudar a valorar la dificultad y a comprobar si existen formas más seguras de gestionar la medicación respetando la pauta indicada.

Ha sufrido caídas o tiene más dificultades para desplazarse

Las caídas merecen una atención especial porque pueden modificar rápidamente la autonomía de una persona mayor. Sin embargo, una caída aislada tampoco significa automáticamente que alguien no pueda continuar viviendo en su domicilio.

Conviene fijarse en el contexto.

Observa si:

  • ha sufrido varias caídas recientes;
  • tropieza con más frecuencia;
  • camina con evidente inseguridad;
  • necesita agarrarse continuamente a muebles o paredes;
  • le cuesta levantarse de una silla o de la cama;
  • ha dejado de moverse por miedo a caer.

La fragilidad y el riesgo de caídas forman parte de las prioridades recogidas por el Ministerio de Sanidad en su actualización sobre personas mayores. Cuando el riesgo es elevado, la valoración debe adaptarse a las características de la persona, el entorno doméstico y los recursos disponibles.

En casa también puedes revisar aspectos sencillos: alfombras que se desplazan, iluminación deficiente, obstáculos en zonas de paso, baño poco accesible o escalones complicados. Corregir riesgos ambientales puede ser útil, aunque no sustituye una valoración profesional cuando las caídas se repiten.

Aparecen olvidos o desorientación que afectan a su seguridad

A todos nos ocurre entrar en una habitación y olvidar qué íbamos a buscar. También es normal despistarse con una cita ocasional. La situación cambia cuando los olvidos empiezan a tener consecuencias prácticas y se repiten.

Pueden preocupar más situaciones como:

  • dejar el fuego encendido;
  • perderse en un lugar muy conocido;
  • dejar la puerta de casa abierta repetidamente;
  • confundirse con horarios importantes de manera habitual;
  • no recordar cómo realizar una tarea cotidiana que antes dominaba.

Estas señales no permiten diagnosticar demencia. Tampoco explican por sí mismas cuál es la causa.

Lo que sí indican es que merece la pena revisar la situación cuando la memoria o la orientación empiezan a interferir con la seguridad.

Una buena pregunta es: “¿Este olvido ha provocado, o podría provocar, un problema real estando sola la persona?”. Esa forma de plantearlo ayuda a separar un despiste sin mayor trascendencia de un cambio funcional que necesita atención.

Gestionar dinero, facturas o trámites se vuelve más difícil

Pagar recibos, administrar un presupuesto, hacer una transferencia o resolver un trámite forman parte de las llamadas actividades instrumentales de la vida diaria. Son tareas necesarias para desenvolverse de manera independiente y exigen mantener varias capacidades organizativas.

Puede resultar útil prestar atención a cambios como:

  • facturas que antes se pagaban puntualmente y ahora se acumulan;
  • pagos duplicados;
  • dificultad creciente para entender recibos habituales;
  • pérdida frecuente de documentos importantes;
  • confusión ante operaciones que antes resolvía con facilidad.

La investigación longitudinal de Mimmack y colaboradores estudió la evolución de la capacidad financiera y su relación con cambios cognitivos y biomarcadores cerebrales en adultos mayores. Sus resultados apoyan la idea de que una pérdida nueva y persistente de capacidad financiera merece atención, aunque un error puntual con una factura no permite sacar conclusiones clínicas sobre una persona concreta (Mimmack et al., 2024).

Aquí conviene actuar con mucho respeto. Ayudar con las cuentas no significa arrebatar el control económico. Siempre que sea posible, el apoyo debería ajustarse a lo que realmente necesita la persona y preservar su participación en las decisiones.

Se está aislando más de lo habitual

Hay una diferencia importante que merece quedar muy clara: vivir solo no equivale a sentirse solo.

Muchas personas mayores disfrutan de su independencia, mantienen relaciones satisfactorias y tienen una vida social activa aunque vivan sin compañía permanente en casa. El problema aparece cuando se produce un cambio sostenido respecto a su forma habitual de relacionarse.

Puedes fijarte en si:

  • deja de llamar o responder a personas con las que hablaba con frecuencia;
  • abandona actividades que le gustaban;
  • sale cada vez menos sin una explicación clara;
  • pierde contacto con amistades o vecinos;
  • deja de disponer de una red a la que recurrir.

El National Institute on Aging distingue precisamente la soledad del aislamiento social y señala que ambos fenómenos se relacionan con diversos riesgos para la salud física y mental de las personas mayores (National Institute on Aging, 2024).

El objetivo no es forzar a nadie a tener más vida social de la que desea. Conviene observar si la reducción de contactos ha sido elegida o si responde a dificultades de movilidad, pérdida de confianza, problemas para desplazarse o incapacidad para mantener actividades que antes eran importantes.

No podría pedir ayuda fácilmente ante una emergencia

Hay una pregunta especialmente práctica que recomiendo incluir siempre en esta valoración familiar:

  • “Si se cayese o se encontrase mal estando sola, ¿podría pedir ayuda?”
  • No basta con saber que existe un teléfono en casa. Hay que pensar si realmente podría utilizarlo en una situación difícil.

Puedes revisar:

  • si lleva el móvil consigo o lo deja siempre en otra habitación;
  • si sabe utilizar correctamente el sistema de llamada;
  • si dispone de teleasistencia;
  • si hay familiares que puedan responder con rapidez;
  • si cuenta con vecinos de confianza;
  • si tiene algún sistema de aviso accesible desde distintas zonas de la vivienda.

Una persona puede realizar correctamente muchas actividades cotidianas y, sin embargo, quedar muy expuesta si no dispone de una forma realista de pedir ayuda después de una caída o ante un problema repentino.

En algunos casos, incorporar teleasistencia o mejorar la red de apoyo puede aumentar mucho la seguridad sin modificar de manera importante la vida cotidiana.

Ha perdido autonomía después de una hospitalización o un problema de salud

No todos los cambios aparecen lentamente. Una hospitalización puede marcar un antes y un después durante un período determinado.

Al volver a casa, algunas personas mayores encuentran más dificultades para caminar, ducharse, cocinar, subir escaleras o mantener el ritmo habitual. Es importante observar esos cambios sin asumir que serán permanentes.

Ghai y colaboradores analizaron un programa de fisioterapia domiciliaria dentro de la transición de cuidados posagudos y mostraron la importancia de adaptar el apoyo a las necesidades funcionales durante el regreso al domicilio (Ghai et al., 2024).

Después de un alta, conviene preguntarse:

  1. ¿Puede desplazarse por la vivienda con suficiente seguridad?
  2. ¿Puede acceder al baño y utilizarlo?
  3. ¿Puede preparar o recibir comida adecuadamente?
  4. ¿Entiende y puede seguir las indicaciones recibidas al alta?
  5. ¿Dispone de ayuda durante los primeros días si la necesita?
  6. ¿Hay alguna tarea que antes hacía y que ahora no puede resolver?

Si existen dificultades nuevas, es preferible revisarlas pronto. Puede tratarse de una pérdida temporal que mejore con recuperación y apoyo, pero también puede hacer falta reorganizar los cuidados durante una temporada.

Cuando miras todas estas áreas en conjunto, resulta mucho más sencillo entender qué señales indican que una persona mayor necesita ayuda para vivir sola con seguridad. Una señal aislada puede tener poca importancia. Varias dificultades que se repiten, empeoran o empiezan a poner en riesgo actividades esenciales sí justifican revisar los apoyos disponibles.

Qué hacer cuando aparecen varias señales: de pequeños apoyos a cuidados continuados

Detectar dificultades no significa que abandonar el domicilio sea la única solución. Según la autonomía de la persona pueden valorarse adaptaciones domésticas, apoyo familiar, teleasistencia, ayuda domiciliaria, centro de día y otros recursos. Si existe una pérdida funcional importante o necesidad de supervisión frecuente, conviene solicitar orientación sanitaria o social.

La primera reacción de muchas familias es intentar decidir inmediatamente dónde debería vivir la persona. En la práctica suele ser más útil empezar por algo más sencillo: identificar exactamente qué tareas se han vuelto difíciles.

semáforo orientativo de autonimía infografía
Detectar una pérdida de autonomía a tiempo permite adaptar los cuidados sin apartar a la persona mayor de sus propias decisiones.

Puede que una madre de 84 años siga aseándose, cocinando y gestionando su dinero, pero se sienta insegura al salir a hacer la compra. En ese caso, el problema está bastante localizado. Otra persona puede presentar caídas, errores con la medicación, dificultades para comer y desorientación. La necesidad de apoyo será claramente distinta.

Una revisión práctica, paso a paso

Puedes ordenar la situación así:

  1. Identifica las actividades que han cambiado
  2. Anota qué tareas cuestan ahora y desde cuándo
  3. Distingue una dificultad puntual de un patrón
  4. Observa si el problema se repite y si está empeorando
  5. Revisa los riesgos del hogar
  6. Mira iluminación, alfombras, baño, cocina, escaleras y obstáculos
  7. Comprueba la red de apoyo
  8. Valora quién puede acudir si surge una necesidad y con qué rapidez
  9. Piensa en el apoyo mínimo que podría resolver el problema
  10. A veces basta con adaptar una rutina o añadir ayuda en tareas concretas
  11. Solicita valoración cuando la pérdida funcional sea relevante
  12. Atención Primaria y los servicios sociales pueden orientar sobre necesidades sanitarias y de apoyo.

Esta secuencia no es una escalera obligatoria. Cada familia puede necesitar combinar varias medidas desde el principio.

Cuidados · apoyos según necesidad

Qué apoyos valorar según las dificultades que aparecen

Las necesidades de apoyo no siempre aparecen de golpe. Observar qué dificultades se repiten puede ayudar a valorar desde pequeños cambios en el entorno hasta servicios profesionales o alternativas de cuidados continuados.

Desliza horizontalmente para consultar las dos columnas.

Relación orientativa entre lo que se observa y los apoyos que pueden valorarse.
Qué observas Qué puedes valorar
Riesgos domésticos concretos Adaptación de la vivienda y eliminación de obstáculos.
Dificultades puntuales con algunas tareas Apoyo familiar o ayuda domiciliaria.
Necesidad regular de acompañamiento Servicios profesionales, teleasistencia o centro de día.
Caídas, fragilidad o cambios funcionales Valoración sanitaria.
Necesidad de supervisión continuada Estudiar alternativas de cuidados continuados, incluida la atención residencial cuando proceda.

Lectura práctica: el tipo de apoyo puede cambiar a medida que cambian las necesidades. Una dificultad puntual no implica automáticamente cuidados intensivos, pero la aparición de caídas, cambios funcionales o necesidad de supervisión continuada justifica revisar qué recursos ofrecen más seguridad y apoyo en ese momento.

Esta tabla es orientativa y no sustituye una valoración individual de la situación personal, funcional, sanitaria, familiar o social.

El objetivo es ajustar la ayuda a la necesidad real

Una persona puede seguir viviendo en su casa y recibir apoyo unas horas a la semana. Otra puede necesitar supervisión diaria. En ciertas situaciones, el centro de día permite mantener el domicilio mientras se incorpora acompañamiento y apoyo durante parte de la jornada.

La teleasistencia también puede ser útil cuando la principal preocupación es qué ocurriría ante una caída o indisposición. Si el problema está en la compra, la limpieza o determinadas tareas domésticas, la ayuda domiciliaria puede centrarse precisamente en esas áreas.

Cuando las necesidades aumentan y resulta muy difícil garantizar seguridad o supervisión suficiente en casa, los cuidados residenciales pasan a ser una alternativa que la familia puede estudiar con calma. La decisión debería tener en cuenta la situación funcional, las preferencias de la propia persona, la proximidad familiar, el entorno, el tipo de cuidados disponibles y la posibilidad real de cubrir las necesidades en el domicilio.

Ninguna de estas opciones debería entenderse como un fracaso. Son recursos diferentes para situaciones diferentes.

Cuándo conviene consultar

Es recomendable solicitar valoración profesional cuando observes uno o varios de estos cambios:

  • caídas repetidas;
  • alteraciones recientes o progresivas de memoria u orientación;
  • pérdida importante de movilidad;
  • dificultades persistentes para alimentarse;
  • cambios bruscos de comportamiento;
  • incapacidad creciente para realizar actividades básicas;
  • pérdida significativa de autonomía;
  • problemas repetidos con la medicación;
  • dificultades nuevas después de una hospitalización.

Si aparece una situación aguda, repentina o potencialmente peligrosa, conviene buscar la atención sanitaria adecuada sin esperar a completar ninguna lista de comprobación.

Es preciso recordar que esta información es orientativa y no sustituye una valoración sanitaria individual. Si los cambios son persistentes, intensos o generan dudas sobre la seguridad de la persona, es recomendable comentarlo con un profesional sanitario. Antes de modificar medicación, tratamientos o rutinas sanitarias indicadas previamente, consulta con el médico o profesional responsable.

También merece la pena escuchar a la persona mayor. Mantener autonomía significa participar en las decisiones que afectan a la propia vida siempre que sea posible. Una conversación tranquila suele aportar información que no aparece al observar únicamente desde fuera: puede haber miedo a caer, cansancio, dificultades para ver, problemas para abrir envases, inseguridad al ducharse o simplemente una tarea concreta que se ha vuelto demasiado pesada.

Al final, entender qué señales indican que una persona mayor necesita ayuda para vivir sola con seguridad consiste en observar cómo funciona esa persona en su vida cotidiana y qué riesgos aparecen cuando está sola. La edad aporta contexto, pero no resuelve la decisión.

Detectar los cambios a tiempo permite ajustar los apoyos antes de que una dificultad cotidiana se convierta en un riesgo mayor. Vivir solo, recibir ayuda en casa, acudir a un centro de día o valorar cuidados residenciales son posibilidades diferentes. La opción adecuada dependerá de la autonomía, las necesidades, la seguridad y las preferencias de cada persona.

Referencias consultadas:

  1. Ministerio de Sanidad. (2026). Actualización del documento de consenso sobre prevención de la fragilidad y caídas en la persona mayor
  2. National Institute on Aging. (2024). Loneliness and social isolation: Tips for staying connected. https://www.nia.nih.gov/health/loneliness-and-social-isolation/loneliness-and-social-isolation-tips-staying-connected
  3. Mimmack, K. J., Sprague, E. H., Amariglio, R. E., Vannini, P., & Marshall, G. A. (2024). Longitudinal evolution of financial capacity and cerebral tau and amyloid burden in older adults with normal cognition or mild cognitive impairment. The Journal of Prevention of Alzheimer’s Disease, 11(4), 966–974. https://doi.org/10.14283/jpad.2023.121
  4. Ghai, S., & Chassé, K. (2024). Transition of care from post-acute services for the older adults in Quebec: A pilot impact evaluation. BMC Health Services Research, 24, 421. https://doi.org/10.1186/s12913-024-10818-2